
-Gooooool. Ahí tenés pelotudo. Para que no jodás más.
-Che, pará Euge. Vamos ganando 7-0 y tienen tres jugadores menos.
Es que simplemente hay situaciones que no pueden evitarse. Forman parte del combo. Veloz, buena marca, remate letal y bocón. Y no es una cuestión de utilizar esa última cualidad con algún grado de estrategia. Para nada. Hay que marcar terreno de entrada.
-Capitanes por favor…
Serio y casi sin mover los labios, el juez reparte las instrucciones de rigor. Saludo y cada uno enfila hacia su propio arco. Excepto por Eugenio que, notablemente apurado, alcanza a su rival.
-Me llegás a mostrar la pelota y te cago a palos.
Sorprendido, la amenaza intenta ser atenuada.
-Pará flaco. Jugá al fútbol querés…
-Ah, encima sos una maricona que no se la banca. En la primera que toques la pelota te vas con fractura de Tibia y Peroné.
No muy sutil por cierto. Pero a veces funciona. Diría que casi siempre. Es que por más que el rival no exterioriza, la intimidación es exitosa. Entonces el habilidoso del equipo contrario no se animará a encarar. O quizá sí. Aunque generalmente será con poco atrevimiento.
La mirada. Herramienta fundamental. Perfeccionada horas y horas frente al espejo. Punto fijo, se fruncen las cejas y los labios casi para dar un beso. Suficiente. Eso alcanza. Después a gozar de los privilegios.
Pobre aquellos que no entienden las amenazas. Pobre el enganche esa tarde que, sin querer, le tiró un caño a Euge. Poco le duró la sonrisa. Al menos la dentadura se le siguió viendo. El gesto de dolor fue contagioso. Eso sí, en ese momento hay que reaccionar. Y Euge es bien precavido.
-Pelota juez, fui a la pelota- al tiempo que continuó en voz baja- Dale cagón, levantate que ya cobró.
La mano al bolsillo. Es tarjeta seguro. Aún no se sabe el color. Otra reacción rápida.
-Flaco, ¿estás bien? Fue sin querer. Me tropecé con vos.
El gesto no pasa inadvertido. El juez no castiga. Amarilla.
-¡Juez! ¿Qué partido está mirando? Me tatuó todos los tapones.
-Y la próxima te saco de la cancha pelotudito.
Fue 3-0. Triunfo cómodo. El tercer tiempo siempre rescata lo más importante.
-Qué patada le pegaste al 10 Euge. Lo reventaste.
-Y mirá que no quería, pero estos boluditos que se hacen los jugadores me revientan.
-Che, te está llamando el enganche.
Euge dudó. Se señaló el pecho para ver si era el elegido.
-Dale salame que te está llamando, ¿o acaso tenés miedo?
-Sabés cuánta sopa te falta tomar a vos.
Unos pasos y por fin frente a frente. No fue nocaut pero sí una de esas reacciones que sorprenden.
-Ahora nadie nos separa. Es más, te dejo que me pegues la primera.
No lo esperaba. Tal fue la sorpresa que ni siquiera hubo respuesta.
-¿Y? Tanto que te hacés el caudillo.
-Pará flaco, lo que pasó en el partido, queda ahí.
-Sos un cagón. La próxima te cago a palos.
A paso lento se fueron alejando. Y Euge volvió. Obviamente no pudo evitar la pregunta curiosa.
-¿Qué quería?
-Nada. Pedirme disculpas por hacerme calentar.
Una vez que se aseguró que su rival estuviera lo suficientemente lejos soltó una nueva agresión.
-¡Pedazo de puto! Qué increíble. No se puede creer que haya personas tan cagonas.