martes, 4 de diciembre de 2007

La respuesta eficaz

Es cierto. No había indicios de que iba a suceder. Y sin embargo, frente a todo pronóstico, la pelota estaba persiguiendo a Juan. Lejos de ser una situación habitual, pero ahí venía la asistencia del Pelado.
No hay un manual de procedimientos a seguir a la hora de enfrentarse ante una sorpresa. Incluso hasta aseguraría que no existe ni siquiera un borrador. Las reacciones suelen ser difusas. Muchas veces uno responde con comportamientos espontáneos, genuinos. Pero lo cierto es que, a riesgo de quedar como un insensible, lo más aconsejable es evitar sentimentalismos.
-Che, el otro día me crucé con esa mina que está con vos.
-Seguro que estaba con un vaso de agua la muy boluda. Me da bronca que sea tan santita.
-No, en realidad estaba con un flaco de la mano.
La sorpresa abofetea. Es vital una respuesta elegante para no quedar pegado.
-No importa. Cortamos hace cuatro días. ¿No sabías nada vos?
El abanico suele ser bien amplio. Las expectativas se agigantan. Ahí está la rubia solita con un trago.
-Cómo me gusta esa mina boludo.
-Dejá que yo te hago la segunda. Sos muy cagón.
Cuatro minutos fueron suficientes. En realidad tres minutos y apenas 26 segundos para ser exactos. Ahí vuelve con cara de tarea cumplida.
-Pelotudo ya te arreglé todo. Vas, te la encarás y listo. Me dijo que está con vos.
-¿Me estás jodiendo?
-Dale imbécil, andá que te la van a robar.
Todo un caballero. Aliento, peinado, ropa. La perfección está ahí. Un tímido hola no encuentra respuesta. Un segundo intento desata la ira de la rubia.
-Carla vamos a otro lado. Hace un rato, un flaco me rompió las bolas cuatro minutos para que le dé un cigarro. Ahora este pibe con esa jeta pretende que le de bola.
El comentario llegó a destino. Casi por inercia, envuelto en desilusión, giró hacia los pibes y encontró un festival de risas.
-Qué forro que sos. Cómo te la comiste. Qué bebeto te hicimos.
-Ya fue. No importa. El finde que viene me vuelvo a comer a tu hermana.
La respuesta. Una vez más la llave maestra.
Y ahí viene la asistencia. Juan está solo de cara al arco. En un gesto antiestético, eleva la pelota dos metros por arriba del travesaño. El Deuche no pudo. Esa tarde fue derrota 1-0.
-Juan sos un idiota. Te dejo solo y te errás un gol hecho.
-La culpa la tenés vos. Siempre te la comés y justo hoy la pasás. Tomatela gil.
La respuesta no convence. Pero ahí llega el refuerzo.
-Tiene razón Juan. Está bien, lo dejaste solo en la línea, pero desde cuando asistís Pelado de mierda.
-Tiene razón el Tosko. Jamás diste un pase. Ahora no te vengas a hacer el Maradona. Al fin y al cabo perdimos por tu culpa.

lunes, 24 de septiembre de 2007

Cualquier cosa te llamamos

El repertorio de excusas está completo. Ya no se reproducen como en un comienzo. Ahora es más complicado encontrar una respuesta creíble. Entonces ahí sale la pregunta, disparada en busca de un blanco movedizo, difícil de impactar.
-Che, ¿cuándo empieza el campeonato?
-¿Viste el video de Wanda? ¡Qué camión!
-¡Pelotudo! Te hice una pregunta.
No hay respuestas. No al menos la que él quiere escuchar. El campeonato comenzó hace casi un mes y el Tano jamás recibió la notificación. Todo cambió. En algún momento su escaso talento futbolístico, su excesiva valentía y su eficacia para hacer echar a rivales fueron de gran ayuda. Pero hoy no. Ya no se gana con sólo conseguir que el mejor jugador del equipo contrario vea la roja. Y la pregunta vuelve con más fuerza.
-El otro día me metí en Internet. La página dice que ya arrancaron.
-Dale pelotudo. No está actualizada. ¿Pensás que te vamos a dejar afuera?
Fue una mezcla entre un descuido y un delito intencional. Ese domingo nadie recordó llamar al Tano. Y entonces vino la luz. Una victoria cómoda, digna del Fair Play. Una victoria que iluminó al resto del equipo. En fin, una victoria que alejó al Tano del glorioso Deuche.
-Si salimos quedate tranqui que te llamo.
Ni siquiera atinó a agarrar su celular. Esa noche los jugadores del Deutsche Bank gozaron de una jornada alcohólica inolvidable. El festín se completó con tres mujeres de dudosa moral. Esa clase de fiestas que se recuerdan cuando algún sospechoso construye un relato ficticio sobre su gran rendimiento sexual. Una vez más reaparece la incomodidad.
-Salame, ¿ayer se juntaron y no me llamaste?
Por suerte hay una serie de frases que alivian cualquier tipo de dolor.
-Fue una mierda. Hiciste bien en no salir Tano. Nos cagamos de embole.
Un suspiro completa la escena. Siempre acompañado por ese “menos mal que me quedé en casa”.
Aquella tarde fue imposible entretenerlo con excusas absurdas. Llegó a la cancha y se sentó en el banco sin pedir explicaciones. Y los goles llegaron uno tras otro. En apenas 20 minutos el Deuche recibió tres goles con la inefable colaboración del arquero. La charla técnica fue digna de un celoso planificador. Todo ensambló de manera perfecta.
-Che, el diez nos está pegando flor de baile.
El Tano picó el anzuelo.
-Del flaco me encargo yo.
Quince minutos del segundo tiempo tuvieron que pasar para que el Tano se llevara de la cancha a la estrella visitante. Pero su arte también recibió la roja. Su cuestionable comportamiento fue el principal propulsor de un empate milagroso. Pero esta clase de ocasiones no se producen a diario. Sería una aberración dejarlas pasar. Escenario ideal para un capitán comprometido con el futuro del equipo.
-Tano otra vez nos dejaste con uno menos. Así no se puede viejo. Tomate un tiempito. Descansá un par de meses y cuando estés más tranquilo volvé.

viernes, 31 de agosto de 2007

No hay vacantes

No es que se trate de un salvador ni mucho menos. Pero lo cierto es que el nuevo genera un combo de expectativas. Su llegada se debe a un momento crítico del equipo y muchas veces suele herir la debilitada confianza de quienes dejan su puesto para hacerse un lugar en el banco de suplentes.
Ojo, poco importa cómo juega. Es que los análisis suelen ser de lo más diversos.
-El pibe nuevo la rompe. ¿Viste el golazo que metió? Se gambeteó como a cuatro.
-A dos nada más. Dejate de joder. Yo me hago una fiesta con el gordito que juega de cuatro.
-Dale Euge, la clavó en el ángulo.
-Flaco no sé que partido estás viendo. Entró pegada al arquero. No me extrañaría que lo conozca y tenga todo arreglado de antemano.
Las radiografías del nuevo también suelen diferir según quien las formule. Es que muchas veces, por intentar sorprender al ojo común, alguno que otro suele caer en una peligrosa y pegajosa vergüenza.
-Qué bien que anda el pibe nuevo que traje.
-Pelado me estás jodiendo. No puede ni parar la pelota. Y está ahogado desde los quince minutos.
-Pero no le tembló nada cuando fue a patear el penal.
-Seguro, si el hijo de mil puta la tiró dos metros arriba del travesaño.
-Yo hablo de la pegada. Se nota que tiene clase. No me equivoqué al traerlo.
-¿Vos decís por la plancha de pasto que levantó?
Los contraataques son lapidarios. Es el momento de sacar una respuesta de la galera.
-Dejá, no hablemos más. Hay cosas que vos nunca vas a poder apreciar del fútbol.
Lo que es incuestionable es la facilidad con la que el nuevo se gana el puesto. Viene con un sello de talentoso. Nadie duda de que tiene que jugar y recibir la mayor de pelotas posibles. Es su deber. La situación lo amerita. Una derrota podría catapultar al Deuche a un doloroso descenso.
Por suerte, fue una victoria sin discusión. El Deutsche Bank ganó con dos goles del nuevo. Ahora sí llueven los elogios.
-Bien pibe. Una bestia hoy. Muchachos me parece que Germán se ganó un lugar.
-La verdad que sí. Te ahogaste un poquito, pero jugaste fenómeno.
-Longa pará un poquito. A veces necesitás veinte minutos para cambiar el aire.
Un nuevo campeonato está por empezar. Es necesario conocer cuáles son los recursos para la nueva temporada.
-Che, ¿a Germán no lo vamos a llamar?
-Que la chupe ese gordo. Se ahoga a cada rato.
-Pero no te olvides que gracias a él zafamos del descenso.
-Qué mierda te pasa. Es un gordito gil que se hace el Maradona.
-No se peleen muchachos. Juguemos tranqui nosotros. De última, si lo necesitamos, lo llamamos en las últimas fechas.
-Amén.

viernes, 10 de agosto de 2007

La verdadera gran estafa

Un momento de distracción y la operación ya está en marcha. Ni siquiera es necesario un escenario apropiado. Una broma con una novia es suficiente para desconcentrar a la multitud. Y entonces sí, Hernán saca a relucir su mejor repertorio.
-Che Pedro, hace una cosa. Con lo que le debés al Tosko, pagá mi parte. Yo después se la devuelvo.
Miles, millones de miradas se posan en el Tosko con un dejo de lástima. Fue un gesto instantáneo de todo el equipo. Rápido de reflejos, la víctima apela a una reacción casi desesperada.
-No te hagas el boludo. Siempre hacés lo mismo y no pagás. Poné la guita.
-Bueno chicos, después arreglan entre ustedes. Voy a pagar la inscripción.
El Tosko no puede perdonarse. Sabía a la perfección los maquiavélicos procedimientos de Hernán. Y sin embargo, ahí está, pagando doble. Otra vez un integrante del Deutsche Bank se convirtió en un pobre estafado. Por suerte, ahí viene la palmada de un compañero.
-Ah qué pedazo de pelotudo. Te cagó de vuelta.
La solidaridad encuentra eco.
-Ahora vos sos un boludo. Sabés que te va a cagar y te caga igual. Siempre lo mismo.
-Bueno pará un poco que a vos te cagó la semana pasada.
Ninguno puede zafar. Se alternan los turnos, pero irremediablemente Hernán siempre encuentra un distraído hablando de la mina que no le dio bola la noche anterior. Entonces apunta y lo demás es juego de niños. Ojo, no se trata de una tarea fácil. Es vital analizar la escena y golpear en el momento justo. La desesperación es aquí la clave.
-Dame nueve entradas con consumición.
-Son noventa pesos. Te faltan diez. Dale pibe que hay mucha gente.
-Che, ¿quién se hizo el boludo?
Ya es tarde. Hernán capturó una entrada y ya está en la barra. Rápido, silencioso, pero siempre tiene su excusa.
-Te cagaron, ¿no? Yo te lo di cuarto. No me viste bien, pero agarraste mi billete. Era el que estaba sucio.
Cómo comprobar la veracidad de sus dichos. Incluso cierra la discusión con una frase repleta de impunidad.
-Cómo me hincha las bolas cuando se hacen los boludos. No podés cagar a un amigo.
Esta vez están todos alertados. Cada uno con sus quince pesos. Ni más, ni menos. Ahora sí que Hernán está rodeado. Pedro empieza a juntar la plata. Hay caras de satisfacción. Todos disfrutan el momento.
-Dale Hernán, dame los quince mangos.
-Che tengo uno de cien y no lo quiero cambiar. Alguien que me ponga y después lo devuelvo.
-No Hernán. Poné o no jugas.
-Qué amigos que tengo la puta madre. No son capaces de ponerme quince mangos. Váyanse a la puta madre que los re mil re parió. Enojado, Hernán fue hasta la montaña de bolsos y sacó sus quince pesos.
Esa tarde el Deuche goleó. Fue un inusual 7-1. Saludos de rigor y despedida hasta el próximo domingo.
-Che Juani, ¿me llevás hasta casa?
-No hay drama Agus, subite.
Los autos arrancaron en direcciones opuestas, pero todos hacia el mismo destino: la puerta donde cada fin de semana espera el viejo que cobra el estacionamiento. Ahí viene el anciano, cansado, desganado, pero con su talonario intacto.
-Son quince pesos, chicos.
-Eh Mingo cómo subió. Cada día más caro.
-Y bue, la inflación, chicos. Yo acá no cobro nada.
-Tranquilo Mingo. Che Agus, pasame los quince mangos que están en el bolsillo.
-¿En cuál?
-En el chiquito.
-Acá no hay nada.
-Dale pelotudo.
-Sos idiota. Si no me creés fijate vos...

martes, 24 de julio de 2007

La cábala del arquero

Es una necesidad, casi un capricho. Pero el sábado a la noche resulta una prueba de rigor para cada jugador del Deutsche Bank. Es primordial no dejar ningún detalle librado al azar. El domingo ya suele ser tarde.
-Vieja, ¿dónde mierda me dejaste las medias de Los Andes?
-Las tiré. Es que parecías un linyera con esas medias todas rotas. Te compré unas nuevas. No importa que sean de Temperley, ¿no?
Una madre lo es todo para un hijo. Pero su amor incondicional muchas veces le impide comprender las reglas básicas de un futbolista. Sin tomar conciencia de la gravedad de algunos de sus procedimientos, lastima. Y con fuerza.
-¿Me estás jodiendo? Esas medias eran cábala. La puta que me parió. Y Ahora qué mierda hago, qué hago.
Nadie creería que aquellas medias, reparadas con cinta una y otra vez, le otorgan poderes. Pero quién se animaría a aseverar que esas pobres prendas de vestir no lo catapultaron a la cima de la tabla de artilleros.
-Hijo dejá de revolver la bolsa de basura por favor.
Cada uno con su amuleto. Una vincha para el pelado del equipo o los mejores botines, esos que se traen de afuera, para el más limitado del Deuche.
-Perdón muchachos pero ustedes saben que sin los F58 de Nike última generación no le puedo pegar bien a la pelota.
Variadas y hasta ridículas. Muchas veces las cábalas del Deuche rozan el absurdo.
Ahí llega el Pastel después de dar una vuelta por el boliche. Sus amigos lo esperan inquietos.
-¿Cómo te fue está vez? ¿Podemos quedarnos tranquilos?
-Quedate piola. Otra vez las cábala del arquero.
Hasta tiene un nombre. No sólo resulta cómica la cábala del arquero, sino que generalmente es idolatrada. Todos se preocupan porque el sábado sucedan tres cosas: que el Pastel asista al boliche, que ella también concurra y que su muñeca esté intacta. Y otra vez el mismo interrogante ¿Quién se anima a decretar que la notable actuación del Pastel del último fin de semana no fue producto de la cábala del arquero?
Aquel sábado fue diferente. Los ingredientes estaban listo, pero algo salió mal.
-¿Alguién me puede decir que hace el Pastel sólo en la pista?
-¿No estaba con la minita?
-No, recién la vi salir con un pibe.
Nadie se animó a interrogar al Pastel. Casi desilusionados dejaron sus respectivos tragos sobre la barra y se fueron como si estuvieran de luto.
-Encima el pelotudo de Pata se fue temprano y es el único que tiene coche.
El destino fue coherente con el Pastel. Un gol el contra, uno olímpico y una roja sobre el final del partido tras pegarle a uno de sus propios compañeros.
Curiosidad o no, el Deuche ganó 3-2. Pata fue la figura del partido con el primer triplete de su existencia.
-Hijo de puta. Seguro que te clavaste una jarra de droga.
-Para nada. Me fui del boliche tempranito para poder dormir. Esa es mi cábala.

sábado, 14 de julio de 2007

El poder de las palabras

Es una lesión inusual. Una especie de sobrehueso. Lo curioso es que los médicos no tienen una respuesta positiva para los pacientes que intentan encontrar un tratamiento satisfactorio. Sólo el hecho de caminar genera una molestia, seguida de una inflamación y su posterior inmovilidad.
-Muchachos acérquense que voy a dar el equipo. Euge, ¿qué te pasó en la pierna?
-No, nada. Es que recién caminé un par de cuadras.
Por suerte, un jugador del Deutsche Bank siempre está preparado para ofrecer un consuelo.
-Pelotudo estás meado por un elefante.
Ojo, este tipo de lesiones no son para cualquiera. Es como si tuvieran un imán. Están al acecho. En cuanto uno las llama, ahí aparecen, listas para arruinar las renovadas ilusiones de Euge.
-Posta. Tengo una mala leche. El campeonato pasado la rodilla y ahora me agarro esta mierda. Me dan ganas de dejar todo.
Un silencio incómodo acompaña la escena.
-No te calentés. Igual con o sin lesión...
Otra vez el consuelo es instantáneo.
-Mirale el lado positivo. Vas a tener más tiempo para estar con tu novia.
-¿No les conté? La hija de re mil puta no me contesta los llamados hace dos semanas.
-Mejor Euge. Esa mina era muy puta para vos.
-Eh pará que todavía no me peleé.
-Abrí los ojos boludo. No viste las polleritas que usa, esos escotes. Es una terrible trola.
-Igual debe ser que soy mufa.
Lo dijo casi sin miedo. Sin temor a que sus palabras se transformaran en un mandato sagrado. Es que ese vocablo tiene un poder caprichoso. No hay que desafiarlo.
-Muchachos firmen la planilla y entren en calor.
-Ahí voy. Pará que me acomodo el chichón entre las medias.
Empate en cero en la primera mitad. Una mala salida del arquero del Deuche desemboca en el primer gol del partido.
-Euge, ¿estás para jugar los últimos minutos?
Un inusual 3-3-4 entra en juego. Un esquema de dudosa efectividad, pero ahí va el Deuche, a puro coraje, en busca del empate. El travesaño ahoga el grito de igualdad. Un nuevo centro cae sobre el área. Una volea parece ser la mejor opción. Pero Euge, en un gesto poco ortodoxo, ensaya una palomita que decreta en empate final. Y vuelve la alegría. El chichón tomó dimensiones insospechadas, pero nada importa. Euge es pura alegría.
-Bien papá, ¿viste que te dije que ibas a mojar? Y eso que ni siquiera querías firmar la planilla.
-¿Qué pasa Euge? ¿Estás bien?
-Dejalo, esa carita seguro es por dolor. Ese moretón ya no me gusta nada. Andá al médico boludo.

viernes, 6 de julio de 2007

La palabra a tiempo

Dedicado a Jorge.
Mucha fuerza DT.

Es primordial bajar las pulsaciones. El 1-0 abajo así lo exige. El Deutsche Bank está rodeado de urgencias. Perdido, desorientado. El arco contrario está cada vez más lejos. Disgusto generalizado. Ese es el penozo escenario. Un nuevo desafío para el entrenador.
-Muchachos vamos a juntarnos para hablar un poco del partido.
Las charlas técnicas del Deuche tienen una curiosa cualidad. La voz de mando no encuentra impedimentos para reproducirse, para viajar de boca en boca. Entonces cada integrante está convencido de la importancia de sus aportes.
-Che pelotudos, está el bidón vacío. Me estoy rompiendo el orto y ustedes no son capaces de llenar esta mierda- increpa el Lobo contra uno de los titulares indiscutidos del banco.
-Somos unos boludos, unas nenas. Hay que hacerles sentir el rigor. Hay que romper piernas.
-No digas boludeces, no ves que el nueve nos está bailando de lo lindo. Tenemos que marcarlo a ése y listo.
-Listo muchachos, vamos a juntarnos- reitera el DT.
-Bancá Jorge, ¿viste el gol que te erraste Martín? Van quince minutos y ya te quedás sin piernas.
-Es que me quedé con tu vieja hasta tarde, gil.
-Bueno ahora sí- acota el entrenador con un gesto de molestia.- Tenemos que trabajar sobre todo en…
-Hay que hacerles sentir el rigor. Hay que romper piernas.
-Este es un idiota, siempre dice la misma idiotez. Dejá hablar a Jorge.
-Es verdad, cerrá el pico cornudo.
-¿Qué te pasa tontito? Justo vos me lo decís. Tenés 23 años y sos virgen. La nena tiene miedo de debutar.
-¡Basta! Me cansaron.
Ahora si el silencio se contagia. Todos parecen estar listos para dejarse iluminar.
-Bien, lo que quería decir es que juguemos un poco más fuerte…
-Vieron, tenía razón. Hay que hacerles sentir el rigor. Hay que romper piernas
-Ah, vos tenés problemitas en serio. Andá a hacerte ver.
-Justo vos Gordo me vas a venir a hablar. Primero bajemos unos kilos, ¿dale?
-Deuche, al campo- decreta el árbitro.
Resulta difícil encontrar una explicación. Mucho más contarlo. Sólo diré que el Deuche se quedó con un ajustado 4-3. Dos jugadores menos y un enemigo con fractura de tabique fueron el saldo de una batalla memorable. La tarde empezaba mal, es cierto. Pero ahí estuvieron las palabras de Jorge, a tiempo.

viernes, 29 de junio de 2007

Seduciendo al DT

No hay lugar para las dudas. Es un trabajo arduo. Necesita de una planificación precisa. Cualquier desajuste puede atentar contra la efectividad del plan. La clave aquí es la paciencia. Ya parece estar todo listo para la primera etapa.
-Dale Pastel, tranquilo que ya va a salir.
Perfecto. Un comentario con el volumen justo. Llegó a los oídos del entrenador sin aturdirlo. También a los integrantes del equipo que, a duras penas, batallan por conservar el cero en su propio arco. Segunda etapa.
-Che, qué mal que estamos arriba. No le podemos meter un gol a nadie.
Nuevamente la frase roza la perfección. Esta vez no hay nombres involucrados, aunque el mensaje es claro. Otro punto a favor, uno más.
Así funcionan los mecanismos en el Deutsche Bank. Uno busca la mira, apunta y listo. Pero falta el empujón final. El 2-0 abajo ayuda. Un despeje del defensor termina en el primer tiro de esquina para el Deuche. Es el momento para consumar la obra. Ahora sí, nada de tibieza. Es necesario tirar toda la carne al asador.
-La reputa madre que los re mil re parió muchachos. Pelotas mariquitas, pelotas que lo empatamos.
Ese fue el toque final. La frutilla del postre.
-Tano vení rápido que entrás por el tibio del Pastel.
Ni siquiera hace falta una sonrisa. Lo justo es justo. Quien trabaja con exactitud sus planes merece una recompensa. Faltan cinco minutos. Un gol de Longa revive las esperanzas. Quedan cinco minutos y ahora es el Pastel quien lucha por reingresar al campo de juego (la Liga permite este exabrupto). Entonces empieza, pero a su manera. Quizá un poco menos sutil.
-Vamos Longa, corré un poco maricón. Pone un poco de huevos o salís.
Unos segundos después, por detrás del técnico y en voz baja, viene la estocada.
-Lo de este pibe es increíble. Jugaba en Los Andes y ahora no puede pasar ni al cuatro. A ese gordo que la camiseta le queda como un top.
Un nuevo ataque. Longa ensaya una tijera un poco deficiente que rebota contra uno de los centrales y termina en el fondo de la red.
Rápido de reflejos el Pastel reacciona. No hay lugar para las dudas. Después de todo, aún quedan cuatro vibrantes minutos para jugar.
-Qué bárbaro lo de Longa. Ahora ni siquiera le salen bien las tijeras. Este pibe está en caída libre.

viernes, 22 de junio de 2007

Tranqui papá, ya debe estar por llegar

Ahí llega la planilla rosa. Todos la quieren, pero nadie se atreve a tomarla. Luego de varios segundos, Pedro se anima a afrontar el desafío.
-Hijos de una gran puta. Otra vez jugamos a las 10.30. Estos tipos parece que nos vieron la cara.
Las quejas se desvanecen rápido y, una semana después, a ritmo cansino van llegando los jugadores del Deutsche Bank. Faltan cinco minutos y, por lo menos, ya hay once gladiadores con ojeras para salir a la cancha.
-Che gente, falta el Negro.
Sintética, pero efectiva. Simple, pero conflictiva. Otra vez la misma historia de siempre.
-Este Negro siempre se hace el boludo. Me tiene las bolas infladas.
-Tranqui papá, ya debe estar por llegar.
El reclamo de calma perece al instante. Justo en el momento en el que el técnico se digna a dar la charla técnica, llega un latigazo desde atrás.
-Estoy podrido de los que no se comprometen con el equipo. Si va a llegar siempre tarde que no venga más. Eso se lo tendría que decir el capitán.
-Tranqui papá, ya debe estar por llegar.
La voz tiene un claro dueño, pero siempre oculto. Tira la patada y se esconde, se disfraza entre las demás camisetas. Como cuando dos grupitos amenazan con pelearse. Adelante los más guapos, los más grandotes. En la segunda línea, el enano que con un cachetazo repleto de impunidad termina por desatar la batalla. Es una bomba de tiempo. Por fin el comentario hace efecto.
-Si es verdad. Que se vaya a jugar con los del country. Ya fue, no lo necesitamos.
-Tranqui papá, ya debe estar por llegar.
Sus virtudes futbolísticas son necesarias para reforzar una defensa que, en varias ocasiones, coquetea con la goleada. Pero sus noches de fiesta gozan de poca compatibilidad con el equipo. La temperatura sube y la injustificada furia no para de escalar.
-Ya fue, votemos. Levanten la mano los que quieren que se vaya el Negro.
-Tranqui papá, ya debe estar por llegar.
-Pelotudo, dejá de decir esa idiotez. No ves que ya estamos en el entretiempo.
No hay votación. Mucho menos expulsión.
-Dejen muchachos, como capitán le voy a dar el ultimátum.
Ahí viene el Negro. Descalzo, con los botines en la mano. Nada parece apresurar su marcha, pese a que es consciente de su imperdonable retraso. El ánimo del equipo está en plena ebullición. De refilón, varios jugadores construyen un escenario ideal como para que el incendio se propague rápido.
-Sory que llegué tarde. Me estaba comiendo un rico chori- aclara el negro, sacándose la pelusa del ombligo-. Qué fiestita la de anoche, ¿no? ¿Por qué se fueron a las siete? Daba para mucho más…
-Para negro, ya te bancamos un millón. Te tengo que decir algo en representación del equipo.
Las miradas lo apuntan con violencia. El capitán tiene el deber de hacer lo correcto. Siempre lo hizo. Y esta vez no será la excepción.
-Negro que sea la última vez. Y ponete los botines que ahora entrás. Estamos perdiendo 1-0.

viernes, 15 de junio de 2007

No hay lugar para los novatos

Setenta kilos de enganche rodaron por el aire. El fibroso cuerpo golpeó una y otra vez contra el suelo, como una piedra que hace sapito. Y sin embargo, pese a ser consciente de que una vez más su despedida iba a estar teñida de rojo, su cara escondía un gesto de satisfacción.
-La próxima te la doy en la carita, imbécil.
No hubo castigos ni penas ejemplares. Mucho menos autocrítica. Como si la situación del partido lo hubiese ameritado. Hay un momento en el que el ánimo del equipo naufraga. Entonces todo cuesta el doble. Y aparecen las excusas.
-Me la clavó en el ángulo, ¿qué querés que haga?- aclara el arquero.
Casi la misma explicación a la que recurre un jugador para abandonar la prisión de los tres palos en un partido de papi, cuando hacer la pirueta más vistosa es lo único que parece estar en juego.
Es necesario voltear y mirar al banco de suplentes. No hay jugador capaz de dar vuelta un lapidario 2-0. Pocas posibilidades de recambios efectivos. Sólo queda recurrir al mañoso del grupo.
-Rulo entrá en calor.
Ahí está Rulo. Enojado con el rival, con su propio equipo, con el arquero, con el técnico, con el árbitro, con sus padres. No puede evitarlo. Pocas cosas lo irritan más que la tibieza. Huevos, huevos y huevos. Es uno de sus vocablos favoritos, aunque su significado esconda un repertorio violento y varios antecedentes colorados.
-Dale juez para hoy, me estoy haciendo viejo esperando el cambio.
El exceso le costó una prematura amarilla, pero ya está en la cancha. Listo para impedir cualquier firulete. Lástima que siempre hay un jugador con poco tacto, un principiante que comete algún exabrupto. Con tal mala suerte que dicho atropello pasa por debajo de las piernas de Rulo. Rabia contenida. Sus veloces piernas le permiten alcanzar al novato. Lo tiene a dos metros, de espaldas, indefenso. Cualquiera hubiera tenido compasión, pero la piedad es para los débiles…

viernes, 8 de junio de 2007

El último de la lista

Con el paso de los partidos se vuelve una presión ingobernable. Uno intenta gambetearla, pero sabe que, de lograrlo, sus resultados son temporarios. Porque siempre vuelve. Cada vez con más fuerza. Aprovecha el momento justo. El problema es que siempre es un momento justo. Desde la entrada en calor hasta la turbulenta soledad en el inodoro ¿Cuándo me va a tocar a mí? ¿Cuándo va a ser el día en que mi garganta grite un gol de mi propia cosecha?
Así de simple y así de complicado. El último en alcanzar dicha hazaña es un blanco vulnerable.
-Che Mariano, tenés pensado meter algún gol o preferís seguir virgen por el resto de tu vida.
Cada pregunta, cada broma, lastima. Son heridas superficiales que se contestan con un débil contraataque.
-Callate feo.
En el mundo del fútbol todo se confunde. Las reglas son caprichosas, pero los jugadores las respetan.
-Puto, ¿por qué no saliste ayer? ¿Cuántos polvos te clavaste?
-Tres, ósea que hoy meto tres goles.
-Qué grande. Espero que cumplas con tu cuota papá.
En cambio, Mariano atrae hostilidades. No sólo desde la boca de sus compañeros. En la cancha se aprecia el rechazo más doloroso.
-Estoy solo Pela, acá.
El enganche no sabe qué hacer.
-Dale acá, eh Pela, solito acá.
No hay caso. Su compañero opta por sacar un potente remate que termina en el baldío de al lado.
-No me ves que estoy solo.
-Perdoná, no te vi.
-Andate a la puta que te parió.
Pero hay un momento para cambiar el rumbo. Por casualidad la pelota está en sus pies. Esta vez si lo vieron. Mariano se enfrenta al arquero.
-Ese virgen no le mete un gol a nadie- se escucha desde la mitad de la cancha.
Un sutil toque alcanzó para torcer la historia. Un grito solitario le permitió desahogar tanta presión. Ya no está último en la lista. Ahora es parte de ella.
Los tratos cambiaron. Faltan cinco minutos para que comience un nuevo partido. Ahí viene Mariano, con su rostro relajado.
-Muchachos ahí viene Mariano.
-Mariano, ¿cuántos te clavaste ayer?
-Uno nomás.
-Qué fenómeno, ósea que hoy metés tres goles.

lunes, 4 de junio de 2007

Esperando a Nando

Columnista invitado
Goleador histórico del Deuche

A veces no ser parte de un equipo otorga la gloriosa facultad de valorar a los demás, sin poder retrucar éstos últimos. Dicha impunidad le permite al responsable de este blog describir o inventar cómo actuó un futbolista del glorioso Deutsche Bank, si marcó, si puso lo que debió poner. En fin. Si de criterio futbolístico hablamos debe decirse sin ningún miedo a equivocación que quién escribe habitualmente sobre nosotros debe ser de lo menos calificado para esa función, máxime si de cancha grande hablamos.
Cierto es que después de pertenecer a un grupo muy enfermo por el fútbol en su infancia debería tener aquel elemento redondo con gajos metido en las venas. Al menos, esa unión con sus amigos debió facilitarle algún talento futbolístico. Pero no. Alto como una palmera, piernas de tero, actitud más protestona que habilidosa y olfato exuberante (no precisamente de goleador) son parte de su desdichado repertorio. Con dichos atributos parecería que jamás podría narrar una valoración respecto de cada jugador, que domingo tras domingo deja la vida para que un equipo de amigos pueda conseguir la gloria. Sin embargo, esta situación se repite cada semana. ¿Por qué Hernán tiene que decir si soy o no buen jugador? Lo cierto es que cada uno tiene un papel. ¿Por qué el de Hernán es valorar? Porque es lo suyo señores. Para él es mejor jugar con la fantasía y soñar que su presencia en el equipo impediría conocer la derrota, que ponerse los cortos. Esto último lo expondría a dejar de ser autoridad suficiente como para perpetrar las valoraciones éticas y estéticas que por momentos realiza.
¿Pero que haríamos sin el hincha número uno del Deuche? Hablar de nosotros, contar nuestras vivencias en la cancha. Algo que ningún periodista haría ¿Para qué hacerlo entonces? ¿A quién le importa? Gracias por crear mediante este espacio esta mística que puede gustar o no, pero que cuenta historias sobre cómo esta pasión divina nos hace dejar todo en la cancha. No por dinero ni por fama. Sólo por aquella pequeña gloria a la que este equipo “decididamente de amigos” puede aspirar: un campeonato. El día en que el Deuche grite dale campeón será el momento en el que un equipo que priorizó la amistad por sobre la habilidad haya conseguido llegar a lo más alto. Por eso, hoy más que nunca estamos esperando al cronista personal del Deuche ¿Cuándo será tu debut? Te estamos esperando Nando…

viernes, 1 de junio de 2007

Cenizas del fuego sagrado II

Piques cortos para entrar en calor. No importa que haya perdido sus escasas reservas de aire en el intento. Claudio está por entrar, por reemplazar a la sombra de un buen jugador.
-Juez hay un cambio. Dale Longa, rápido que vamos perdiendo.
El goleador presentía el cambio. Era consciente de que en los últimos minutos había abusado de una inusual tibieza. Su rendimiento había sufrido un evidente deterioro.
-Vamos che, uno con uno. Carlos dejalo al nueve solo y anda a marcar al chiquitito que está ahogado en la mitad de la cancha.
Cada frase, cada comentario son como martillazos contra los restos de su confianza. Pero los goleadores nunca se rinden. Siempre tienen una carta para retrucar.
-¿Me sacás a mí? ¿Me estás jodiendo?
Apenas una palmadita y el cambio ya está hecho. Pura resignación. El delantero se desploma en el pasto amarillento, como esperando alguna palabra de aliento.
-Tranquilo Longa. Las cosas ya van a salir. Lo importante es que sepas que estás jugando peor que mi vieja. Ese es el primer paso- se escucha en voz baja desde el banco de suplentes.
Ahí está Claudio para renovar las ilusiones.
-Vos tirate más a la derecha y vos andá para arriba- ordena en sus primeros segundos en cancha.
Sus indicaciones son una muestra de su impecable y efectivo repertorio para desarmar equipos. Poco entiende de táctica, pero lo compensa con una gigantesca autoestima. Y justo en el momento de mayor adversidad, cuando apenas lograba mantenerse a diez metros de cada jugada, un rugido quebró el clima de tensión. Gol de Claudio. Jamás podrá explicar cómo logró convertir. Su lujosa definición le permitió al Deuche rescatar al menos un punto. El silbatazo final trae un poco de alivio.
-Qué golazo metí, por favor- se autoconvence Claudio.
- ¿Y de los huevos del equipo no decís nada?-replica el arquero.
-Aguante el equipo, aguante el Deuche- agrega un tercero en un clima de festejo popular.
Mezcla de alegría y desilusión. Nadie corea su nombre. Igual que siempre. La hora de los reconocimientos siempre llega al próximo partido. Pero la de las críticas es bien puntual.
-Longa hay que levantar el nivel- reprocha el entrenador.
Después de todo, algo es algo.

miércoles, 23 de mayo de 2007

Cenizas del fuego sagrado I

El momento más temido para un jugador. Ese en el que nada sale. Allá está el gordito que juega de lateral derecho. Robusto, poco adepto al fair play. En su estilo violento reside el respeto de sus compañeros, aunque todos saben de sus numerosas limitaciones. Ahora resulta que es el héroe de turno. Cada vez que el nueve lo encara, el gordo despliega su mejor repertorio, con elegantes quites y puteadas de dudosa originalidad.
-Sos más malo que un pato.
Son algunas de las lamentables situaciones que debe aceptar el goleador. Son las reglas del juego. Los enanos, los mismos que siempre originan las peleas detrás de los gigantes, ahora le sacan ventaja en el juego aéreo. Nada sale. Los pases no adivinan a sus compañeros, los remates esquivan los arcos y las montañas de tierra persiguen a su pie derecho. El legendario delantero parece haber perdido su mística. No sería ése el trascendental problema. De hecho, todos pasan por un bajón. El dilema moral reside en cómo hacerle notar su flojo nivel, en encontrar un irrespetuoso que se atreva a pedir su reemplazo.
-Qué mal que está jugando Longa, por Dios- comenta su eterno suplente, con el volumen suficiente como para que el técnico lo escuche.
Su estrategia da resultado.
-Claudio, entrá en calor que saco a Longa.
Claudio lejos está de ser un dotado. Es más, a veces es preferible jugar un partido amistoso con equipos impares. Y no por las ventajas que ofrece. Es su poca autocrítica, su falta de consciencia, la que genera un malestar colectivo. Un cóctel perfecto para darle un buen dolor de cabeza al histórico goleador...Continuará

miércoles, 16 de mayo de 2007

Se busca arquero, con o sin experiencia

Lo ideal es buscar una excusa: entrar en calor a tres canchas de distancia, cargar cuanto bidón aparezca por el pasto, salir a buscar un par de tobilleras de repuesto. Ahora, cuando un jugador tarda unos veinte minutos en decidir entre los botines nuevos y brillantes, y los viejos con varias vías de ventilación, el comportamiento se torna un poco sospechoso. Por más que muchos intenten dilatarlo, ese momento es inevitable.
-Che loco, no se hagan los boludos ¿Quién ataja hoy?
La mano va directo al pecho. No hay paro cardíaco, pero a esta altura vale todo. La misión: evitar quedar preso de los tres palos. El Deuchebank tiene una curiosa cualidad: nunca tiene arquero fijo. Un enroque tras otro, un puesto que no termina de enamorar a ninguno de sus postulantes. La respuesta a esa incómoda pregunta es inmediata.
-Yo atajé la última fecha, así que a mí ni me miren.
El número más alto, el más bajo, Terrome Terrome, Mayoría. Ninguno de esos juegos goza de tanta legitimidad como para definir semejante designación. Y empieza el desfile de excusas.
-Sabés que el otro día me golpeé la mano. No me gusta nada como tengo esta vena. Creo que tengo que ir al doctor.
Eso sí, cada mentira va acompañada de una promesa.
-Posta lo digo, sino atajaría. Quedate tranqui que el próximo domingo voy yo.
Un resignado acepta la carga. Y vuelve la tranquilidad. Ahora se practica en el escenario del partido, se obliga a los suplentes a llenar las botellas vacías y los valientes hacen gala de la guapeza que representa jugar sin tobilleras.
Fue triunfo. Un ajustado 1-0. Y entonces llueven los elogios. "Bien papá", "atajaste como los dioses", "muchachos, me parece que encontramos arquero" y "sos un frontón", entre los más populares.
-Y, estuve flojito- aclara el flamante arquero.
La muestra de vanidad es atropellada por sonrisas desde todos los costados. A veces es más fácil regalar un elogio que pensar una excusa.

martes, 8 de mayo de 2007

El orfebre de los halagos

Ojo, no es un adulador profesional. Mucho menos un mentiroso. Su actitud cansina, pausada, por momentos desespera. Sus mensajes de aliento tienen como destinatarios oídos distraídos, casi resignados. Pero hay que reconocer que tiene un olfato digno de un perro cazador. Cuando un jugador coquetea con el fracaso siempre sale a escena.
-Dale mamerto, un poco más de puntería y ya está.
Sus palabras no siempre son bienvenidas. Pocas vecen funcionan. Sobre todo, cuando se trata de un remate que, en vez se exigir al arquero, le provocó una contusión al juez de línea. Ningún jugador quiere escucharlo. No hay secretos, cada vez que esa voz se acerca, obliga a una inmediata autocrítica.
-Quedate tranquilo, le puede pasar a cualquiera. Ponete hielo y bancá al equipo desde afuera.
Es cierto, sólo los elegidos están exentos de enfadarse con un tirón en el aductor. Pero cuando se trata de un desgarro de veinte milímetros en la entrada en calor, es inevitable no pensar que la mala suerte deambula por algún sector del terreno. Querido u odiado, el orfebre de los halagos es un ser respetado. Porque en el peor momento, donde todos disparan miradas de odio, él se acerca para una palmadita en la espalda.
Promoción. Penal. Último minuto. El objetivo: no descender a las profundidades de la C. El ejecutor se para delante de la pelota y estrella las ilusiones del equipo contra el travesaño. Un nuevo fracaso para el Deuchebank, otro más. Por suerte ahí viene el orfebre.
-Hijo de puta, no te la puedo creer. Qué hijo de puta, no tenés vergüenza ¿Viste lo que hiciste? Contestame boludo. Y mirame a la cara cuando te hablo o ahora resulta que te hiciste maricón. Andate bien lejos hijo de puta. Acá no queremos perdedores.

viernes, 4 de mayo de 2007

Peligro al volante

Otra derrota. Esta vez fue 1-0. Sin embargo, la fórmula mantiene el equilibrio. Nadie logra alterar su orden: derrota más derrota tiene un indiscutible culpable. Los resultados negativos necesitan alimentarse. Por lo menos una víctima, una parte del todo.
Es curioso pero en el instante posterior al traspié reina la meditación. Los jugadores, a veces sorprendentemente sabios, regalan silencio. Es en el momento de saber cómo sigue la gira donde renace el malestar. La culpa es demasiado dependiente, demasiado posesiva.
-Ya fue boludo. No puede seguir más. Nunca te aclara el panorama. Nunca te habla de fútbol.
La discusión más larga de todas. Ya lleva casi cuatro años y se renueva cada fin de semana.
-Nos tenemos que juntar y decidir si queremos que siga.
Cada comentario lo deslegitima y, pese a las críticas, Jorge sigue ahí. Sabe que su trabajo no es indispensable. De hecho, el de ninguno lo es. Pero ahí está cada fin de semana para amargarse otro domingo.
Los mensajes de texto viajan de aparato en aparato. La cúpula está reunida. Es sábado, día de trasnoche. A veces es necesario sacrificar tiempo valioso; es necesario discutir; es necesario definir.
-Flaco, ésto ya lo hablamos. Ya fue, se va- sentencia el primer orador.
-Dejate de joder. Qué culpa tiene. Acá el que se tiene que ir sos vos- replica con violencia un defensor poco afecto al fair play.
Todos sienten la necesidad de hablar, de gritar y tapar el comentario del otro. Pero cuando las palabras no pueden por sí solas, la violencia pasa del anonimato al estrellato. Una botella vacía impacta de lleno en la cabeza del histórico enganche. La sangre que corre por su ceja decreta el fin de una simple discusión entre amigos. Todos se descargan. Disparan donde más duele, con un generoso repertorio que incluye madres, hermanas y novias. La misma historia de siempre.
La batalla termina con un saldo de varios heridos y una decisión unámine.
-Ya está, se queda.
Vuelven las sonrisas, las bromas y los golpes menos hostiles.
-Menos mal que se quedó. Si no lo tuviéramos, viviríamos peleando

viernes, 27 de abril de 2007

La gran responsabilidad

Cualquier equipo de fútbol tiene una identidad, o al menos debería tenerla. El capitán es muchas veces el encargado de moldearla. Ojo, eso no significa que si el que lleva el brazalete es leñador, el equipo estará irremediablemente dotado en el juego violento. La misma situación se aplica si es a la inversa. Pero, en todos los casos, el capitán es un referente. Entonces, como es una pieza tan necesaria, su elección despierta un ruidoso malestar y hasta genera elecciones de dudosa legitimidad. No por que existan arreglos previos. Todo es culpa de esa pregunta que no deja de hacer eco en la cabeza de cada uno de los jugadores: ¿por qué no yo? Y, con el equipo completo como testigo, comienza el rito.
-Para mí tiene que ser el Tosko- irrumpe el primero.
Imaginar que semejante traición va a pasar inadvertida resulta poco probable. La respuesta, como es de esperar, no tarda en llegar.
-Dejate de joder. Ya te olvidaste lo que hizo con Andorra. Si quieren votar boludeces avísenme y no me caliento- replica una mano derecha del banco.
La provocación fue suficiente. Fue el antecedente para que cada sufragio que se emita sea sumergido en un balde de dudas. La elección regala tensión. Y se cruzan las miradas, como quien intenta robarle a su enemigo una seña en un partido de truco.
-Para mí Martín- decide un tercero con seguridad para evitar reclamos. Voto a voto, disgusto a disgusto, satisfacción a satisfacción se lleva a cabo la elección. Casi no hay tiempo para relajarse. Ser capitán, más que un premio, es una responsabilidad. Un deber que sólo debe ser asumido si el elegido está dispuesto a transpirar, a sacrificarse.
-Ganó el Tosko. Toma la cinta papá, llevala con honor- decreta el subcampeón del recuento tirándole una cinta- Y tomá el bolso con las camisetas también. Las quiero con perfumito para el domingo.

miércoles, 18 de abril de 2007

Los dueños de la culpa

Resulta casi imposible privarse del exquisito arte de culpar. Es inevitable no dejarse tentar. Supongo que son parte del equilibrio. Cada miseria tiene su respectivo dueño. Intentan justificar un fracaso exitoso.
-No podemos seguir así. Otra vez perdimos en el debut. Voto por sacar al "Gordo" Germán del equipo.
Es cierto, el "Gordo" Germán está lejos de ser un talentoso. Pero qué responsabilidad habrá tenido en un partido en el que fue suplente. Sus tiempos como titular fueron arrollados por la ambiciosa ilusión de formar un equipo competitivo. Y, sin embargo, él continúa sentado en un tronco esperando que el entrenador lo llame en el momento de mayor adversidad.
-No boludo, Germán es un amigo. Nunca pensamos en ganar el campeonato. Acá venimos a pasarla bien. Igual conozco un pibe que se quedó libre de Los Andes. Si quieren...
Allí radica la gran eficacia de culpar. Porque nadie quiere que el "Gordo" Germán se vaya del equipo, pero todos son conscientes de que muchas veces hay que sacrificarse para alcanzar la meta deseada. El silencio es aquí la llave maestra. Porque un silencio en este tipo de situaciones es un sí rotundo, un sí que convence, un sí que contagia. En fin, un sí que destruye las ilusiones del "Gordo" Germán, que verá los próximos partidos desde el banderín del córner rodeado de botellas de agua.